El pasado 3 de febrero el Gobierno de España anunció su intención de legislar para prohibir el acceso a las redes sociales y a otras plataformas digitales a los menores de 16 años. Este anunció generó una polémica recurrente entre los defensores de esta medida y sus detractores, que alegan que pueda erosionar la privacidad y la libertad, al defender que crea un marco de control a los ciudadanos. Es necesario entender las causas de estos hechos, así como comprender las consecuencias que nuestros menores están sufriendo ante la desregulación y la falta de conocimiento de los riesgos que corren mientras hacen vida bajo Internet.
Desde su aparición, ningún producto tecnológico, y las RRSS lo son, han estado obligados a pasar los estrictos controles de calidad, a los que sí están sometidos todos los productos físicos, para garantizar la seguridad de los consumidores. Esto ha sido aprovechado por las grandes tecnológicas para, a través de grandes campañas de marketing, pervertir el lenguaje acuñando términos como “usuarios” frente a consumidores, que es lo que somos, menoscabando los derechos que como tales tenemos. O como el término “nativos digitales”, que nos ha convencido de que nuestros menores “saben más que nosotros”, hurtándonos la posibilidad de educarlos, acompañarlos o supervisarlos. También nos han hecho creer que no existen riesgos para nuestros menores porque la pantalla les protege. Nada más lejos de la realidad: la pantalla no solo no les protege, sino que les expone a riesgos.
«La pantalla no solo no les protege, sino que les expone a riesgos»
Otras industrias, como la de la pornografía y el juego, prohibidas sin discusión para nuestros menores en los espacios físicos, campan a sus anchas en Internet, invirtiendo enormes cantidades de dinero para captar a nuestros críos.
Consecuencias
Nuestros menores están aprendiendo sexo a través de la pornografía, normalizando conductas sexuales que no se corresponden con una práctica sexual saludable. Reciben insultos, amenazas, acoso o agresiones, mientras hacen vida bajo Internet, con graves consecuencias emocionales y físicas para ellos, algunas irremediables.
La inteligencia artificial desnuda a nuestros menores, exponiéndolos ante millones de ojos extraños y redes de pederastia.
Recientemente, META y Google han sido condenadas en Estados Unidos por contribuir a la adicción de los menores a las redes sociales, al considerar que diseñaron deliberadamente sus plataformas para maximizar el tiempo de uso de nuestros críos, a pesar de ser conscientes de los riesgos para su salud física y mental.
No es exagerado afirmar que el cerebro de nuestros menores está madurando a través de lo que ven delante de una pantalla, limitando sus capacidades cognitivas y convirtiéndoles en individuos vulnerables y altamente manipulables, debido al gregarismo impuesto por los algoritmos.
Conclusión
Hoy ya no nos podemos amparar en el desconocimiento interesado en el que las grandes tecnológicas han sumido a nuestra sociedad en los últimos 24 años. Tenemos la obligación de devolver a nuestros menores un derecho inalienable: que el Estado de Derecho y la sociedad en la que viven les protejan. Y, para ello, no es suficiente legislar. Hay que abordar el problema desde una visión holística, que contemple desde el nivel individual del menor, pasando por el nivel microsocial y alcanzando al nivel macrosocial.
No es creíble que hoy en día no exista o no sea posible crear una solución tecnológica que evite que nuestros menores accedan en Internet a sitios potencialmente peligrosos para ellos y, a su vez, no se menoscaben la privacidad y libertad del resto de los ciudadanos. Por tanto, proteger a nuestros menores es, sin duda, una cuestión que debe partir de una exigencia social que derive en voluntad política, acompañada de voluntad tecnológica y de dotación económica para hacerlo posible.
































































